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San Ignacio de Loyola, (1491-1556)




(Esta narración de la vida de Ignacio se basa en la "Autobiografía", un escrito dictado por el mismo Ignacio a un compañero, tres años antes de su muerte. Al hablar, Ignacio se refiere siempre a sí mismo en tercera persona como "el peregrino"). 

 


De Loyola a Montserrat 

 

  

Ignacio un hidalgo, nacido en 1491 en la Casa solar de Loyola, en el País Vasco, fue educado como un caballero en la corte de España. En su autobiografía resume sus primeros veintiséis años de vida en una sola frase: "fue hombre dado a las vanidades del mundo y, principalmente, se deleitaba en el ejercicio de armas, con un grande y vano deseo de ganar honra". El deseo de ganar honra, llevó a Ignacio a Pamplona para defender esta ciudad fronteriza, atacada por los franceses. La defensa era desesperada, cuando el 20 de mayo de 1521, Ignacio fue herido por una bala de cañón que le quebró totalmente una pierna, dejándole la otra malherida. Pamplona e Ignacio con ella, cayeron en manos de los franceses.



Los médicos franceses cuidaron a Ignacio y lo enviaron a Loyola donde pasó por una larga convalecencia. En este período de forzada inactividad pidió libros para leer y, por puro aburrimiento, aceptó los únicos que se encontraban en la casa: un libro de la Vida de los Santos y una Vita Christi.

 "Entre lectura y lectura, el romántico caballero soñaba, unas veces, en imitar los hechos de San Francisco o Santo Domingo y, otras, en lances caballerescos en servicio de una Señora de no vulgar nobleza". Transcurrido un tiempo, cayó en la cuenta de que "había todavía esta diferencia: que cuando pensaba en aquello del mundo, se deleitaba mucho; mas cuando después de cansado lo dejaba, hallándose seco y descontento; y cuando hacer todos los demás rigores que veía haber hecho los santos, no solamente se consolaba cuando estaba en los tales pensamientos, más aún después de dejado, quedaba contento y alegre... Se le abrieron un poco los ojos y empezó a maravillarse de esta diversidad, y a hacer reflexión sobre ella... poco a poco viniendo a conocer la diversidad de los espíritus que se agitaban". Ignacio iba descubriendo la acción de Dios en su vida, y su deseo de honra se iba transformando en un deseo de entregarse completamente a Dios, aunque estaba muy poco seguro de lo que esto podría significar! "Mas todo lo que deseaba hacer, luego como sanase, era la idea de Jerusalén... con tantas disciplinas y tantas abstinencias, cuantas un ánimo generoso, encendido de Dios, suele desear hacer". 


Ignacio comenzó su viaje a Jerusalén tan pronto como terminó su convalecencia. La primera parada fue el famoso Monasterio de Montserrate. El 24 de marzo de 1522, ofreció la espada y el puñal "delante el altar de Nuestra Señora de Monserrate, a donde, tenía determinado dejar sus vestidos y vestirse las armas de Cristo". Pasó toda la noche en vela, con su bordón en la mano. Desde Montserrate bajó a una ciudad llamada Manresa, donde pensaba permanecer unos días. Estuvo allí casi un año. 


 
Manresa


Ignacio vivió como un peregrino mendigando para satisfacer sus necesidades fundamentales y gastando casi todo su tiempo en la oración. Al principio, los días pasaban llenos de gran consolación y alegría, pero pronto la oración se convirtió en un tormento y solamente experimentaba fuertes tentaciones, escrúpulos, y tan gran desolación que le venían pensamientos, "con gran ímpetu, para echarse por un agujero grande que aquella su cámara tenía". Finalmente, volvió la paz. Ignacio reflexionaba en la oración sobre "el buen y mal espíritu" que estaban detrás de experiencias como ésta, y comenzó a reconocer que su libertad para responder a Dios era influenciada por estos sentimientos de "consolación" y "desolación". "En este tiempo le trataba Dios de la misma manera que trata un maestro de escuela a un niño, enseñándole". 


El peregrino era cada vez más sensible a los movimientos interiores de su corazón y a las influencias exteriores del mundo que le rodeaba. Reconocía a Dios revelándole su amor e invitándole a una respuesta, pero también sabía que su libertad para responder a ese amor podía ser ayudada o dificultada, según fuera la forma como viviera esas influencias. Aprendió a responder en libertad al amor de Dios luchando para remover los obstáculos de esa misma libertad. Pero "el amor se debe poner más en las obras". La plenitud de libertad llevaba inevitablemente a una total fidelidad; la respuesta libre de Ignacio al amor de Dios tomaba la forma de un servicio por amor, una total dedicación al servicio de Cristo que, para el hidalgo Ignacio, era su "Rey". Puesto que era una respuesta de amor, al amor de Dios, nunca podría decir basta; La lógica del amor pedía una respuesta siempre mayor ("magis").

Su conversión al servicio de Dios, por amor, se confirmó en una experiencia que tuvo lugar un día mientras descansaba a orillas del río Cardoner. "Y estando allí sentado, se le empezaron a abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas... recibió una grande claridad en el entendimiento; de manera que en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas haya tenido de Dios, y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto como de aquella vez sola".

Ignacio anotaba sus experiencias en un pequeño libro era ésta una práctica que había comenzado ya en su convalecencia en Loyola. Al principio, estas notas eran solamente para su uso personal, pero poco a poco vio la posibilidad de que pudieran tener una aplicación más amplia. "Algunas cosas que observaba en su alma y las encontraba útiles, le parecía que podrían ser útiles también a otros, y así las ponía por escrito". Había descubierto a Dios y consiguientemente el sentido de la vida; y aprovechaba cualquier oportunidad para llevar a otros a experimentar el mismo descubrimiento. Conforme pasaba el tiempo, sus notas fueron tomando forma más estructurada hasta llegar a ser la base de un pequeño libro llamado Ejercicios Espirituales, publicado para ayudar a otros a conducir a hombres y mujeres a través de una experiencia de libertad interior que lleva a un fiel servicio a los demás. 


 
De Jerusalén a París 


Ignacio abandonó Manresa en 1523 para continuar su largo camino a Jerusalén. Las experiencias de los meses pasados en Manresa coronaron la ruptura con su vida anterior y le confirmaron en su deseo de entregarse completamente al servicio de Dios, aunque este deseo no tenía todavía un objetivo bien definido. Quería permanecer en Jerusalén, visitando los Santos Lugares y sirviendo a las almas, pero no le fue permitido, dado el estado de inseguridad de la ciudad. "Después que el dicho peregrino entendió que era voluntad de Dios que no estuviese en Jerusalén, siempre vino consigo pensando qué haría, y al final se inclinaba más a estudiar algún tiempo para poder ayudar a las ánimas, y se determinaba ir a Barcelona". 

Aunque tenía ya treinta años, fue a la escuela, y se sentó junto a los niños de la ciudad que estudiaban la gramática; dos años más tarde se trasladaría a estudiar a la Universidad de Alcalá. En las horas en que no estudiaba, enseñaba a otros los caminos de Dios y les daba sus Ejercicios Espirituales. Pero la Inquisición no se mostraba dispuesta a tolerar que hablase de cosas de Dios sin la debida preparación teológica. En vez de guardar silencio sobre la única cosa que realmente le importaba, y convencido de que Dios le iba llevando, Ignacio dejó Alcalá y se fue a Salamanca. Las fuerzas de la Inquisición continuaron persiguiéndolo hasta que, finalmente, dejó España en 1528, y marchó a Francia, a la Universidad de París.

Ignacio permaneció en París durante siete años. Aunque su predicación y dirección espiritual en Barcelona, Alcalá y Salamanca le habían atraído compañeros que permanecieron con él algún tiempo, fue en la Universidad de París donde se formó un grupo más duradero de "Amigos en el Señor". Compartía el cuarto con Pedro Fabro y Francisco Javier a los cuales después ganó para el servicio de Dios por medio de los Ejercicios". Atraído por el mismo ideal, pronto se le juntaron otros cuatro más. Cada uno de estos hombres había experimentado personalmente el amor de Dios, y su deseo de responder fue tan profundo que sus vidas cambiaron radicalmente. Como cada uno había compartido esta experiencia con los demás, constituyeron un grupo compacto que habría de durar a lo largo de la vida de todos ellos. 

 
De París a Roma 

Este pequeño grupo de siete compañeros se fue junto, en 1534, a una pequeña capilla de un monasterio de Montmartre, en las afueras de París, y el único sacerdote entre ellos -Pedro Fabro- celebró una misa en la que todos ellos consagraron sus vidas a Dios mediante los votos de pobreza y castidad. Durante aquellos días "habían decidido todos lo que tenían que hacer, esto es: ir a Venecia y Jerusalén, y gastar su vida en provecho de las almas". En Venecia los otros seis compañeros, Ignacio entre ellos, fueron ordenados sacerdotes. Pero su decisión de ir a Jerusalén no llegó a realizarse.

Las continuas guerras entre cristianos y musulmanes hicieron imposible el viaje a Jerusalén. Mientras esperaban que se suavizase la situación y las peregrinaciones pudieran reanudarse, los compañeros dedicaron su tiempo a predicar, dar Ejercicios y trabajar con los pobres en los hospitales. 

Finalmente, cuando había pasado un año y el viaje a Jerusalén seguía siendo imposible, decidieron "volver a Roma y presentarse al Vicario de Cristo, para que los emplease en lo que juzgase ser de mayor gloria Dios y utilidad de las almas".
Su resolución de ponerse al servicio del Santo Padre significaba que podían ser enviados a cualquier parte del mundo donde el Papa los necesitase; los "amigos en el Señor" podrían ser dispersados. Sólo entonces decidieron crear un vínculo permanente entre ellos que los mantuviera unidos aunque estuvieran físicamente separados. Añadirían el voto de obediencia y quedarían así constituídos en una Orden Religiosa.

Hacia el fin de su viaje a Roma, en una pequeña capilla, a la vera del camino, en el pueblo de La Storta, Ignacio "fue muy especialmente visitado del Señor... estando un día, algunas millas antes de llegar a Roma, en una Iglesia, y haciendo oración, sintió tal mutación en su alma y vio tan claramente que Dios Padre le ponía con Cristo su Hijo, que no tendría ánimo para dudar de esto, sino que Dios Padre le ponía con su Hijo". Los compañeros se convirtieron en Compañeros de Jesús, para asociarse íntimamente al trabajo redentor de Cristo resucitado, en y por la Iglesia, que actúa en el mundo. El servicio de Dios en Cristo Jesús se hizo servicio en la Iglesia y de la Iglesia en su misión redentora.

En 1539 los Compañeros, diez ya, fueron benignamente recibidos por el papa Paulo III, y la Compañía de Jesús fue formalmente aprobada en 1540; unos pocos meses después Ignacio fue elegido su primer General.

 


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